La vida de Dacris (1).

El día a día era una rutina que le llevaba a tomar el devenir de las cosas como lo más natural, como inevitable. La realidad sobre su espalda era demasiado pesada y le encorvaba el cuerpo.  Seguía su camino con la mirada clavada al suelo hasta que se olvidaba del destino y se centraba en los pasos. Uno detrás de otro y así sucesivamente, satisfecho porque al menos le recordaban que seguía por aquí.

Podía dejar escapar una sonrisa que iluminase su cara pero no tanto para que se le notasen los destellos. Era obediente. Entendía que había un orden que seguir, que siempre había sido así. Todo tenía una razón y esa razón era de otro, pero se la habían contado desde pequeño. Se trataba de estar a disposición, de encajar en su lugar y entender que lo normal era que los otros tomasen las decisiones que importaban.

El cielo ya no era azul, lo habían pintado de negro. De las estrellas ni se acordaba. Las veían en los libros de historia. Seguro que ya las habitaban pero no los de abajo. Para ellos tenían reservado el lugar acordado. Al que se les preparaba durante varios años en los cursos de enseñanza nacional. Ya antes de nacer se había decidido su vida entera. La mía y la tuya. No habría sorpresas ni lugar para la improvisación. Estaba todo bien planificado.

Y los años habían ido pasando y nadie se había indispuesto.  Hasta que ese día concreto un pequeño tropiezo lo cambiaba todo. Él se tambaleaba de un lado a otro y se salía de la fila. Cuando quiso volver ya era tarde. Su grupo había girado a la derecha y luego a la izquierda y a partir de ese momento ya no les vio más. Por primera vez en tantos años se sentía perdido. Sin la compañía de los cinco que le había acompañado a lo largo de toda su vida.

No hablaban mucho entre ellos. Y el silencio era el sonido más presente. Pero la voz del líder del grupo, que les indicaba con suavidad la dirección correcta a seguir ya la echaba de menos. Era un podómetro que le marcaba el ritmo de su vida. Como una numeración infinita que empezaba cada día a la misma hora. Un poco después de las seis de la mañana. Tampoco dormían bien porque siempre había actividad alrededor. Pero era el único momento en que se podían escapar a un mundo imaginario. Muy lejos de este.

Continuará…

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