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  • David Cierco 21:03 el 1 June 2009 Permalink | Responder
    Etiquetas: La vida de Dacris   

    La vida de Dacris (3) 

    Un paso delante del otro de una forma mecánica, como casi siempre. Sin embargo algo era distinto, parecía que una fuerza centrífuga se generaba entre las rodillas y los pies, como un ciclón aprehendido, que le sostenía el ritmo. Ya no sentía como si una cuerda invisible enrollada en su torso tirase de él y le oprimiese la respiración. Hinchaba los pulmones hasta el máximo de su capacidad y dejaba escapar el aire a su capricho y voluntad. Como montar en bicicleta. Das un par de pedaleadas y te dejas llevar.

    La leve brisa que alborotaba su cabello rubio le refrescaba la parte de atrás de las orejas y de esta forma un escalofrió le recorría todo su cuerpo. Empezaba por la parte baja del cuello. Y poco a poco descendía por cada una de las vértebras. Se imaginaba que se iban iluminando como estrellas en el cielo. Al llegar a la punta de los dedos de los pies sentía un cosquilleo que le produjo la sensación de ir pisando uvas a su paso. Quiso cerciorarse de que realmente no era así y bajó la mirada.

    Que sorprendido tuvo que quedarse al ver que llevaba ya un tiempo andando por la parte alta del río salpicándose hasta la cadera. La idea de que esto no debia de estar bien le inundó la cabeza. No parecía tener ningún propósito. Y sin embargo se dejó llevar por esa nueva fuerza y le dio una patada a un remanso de agua que estalló en mil gotas ovaladas que por el efecto de la luz se convirtieron en una fiesta de colores translucidos y de cambio permanente.

    Y así durante largo tiempo repitió las andadas hasta verse empapado enteramente. De la cabeza a los pies. Frunció levemente el gesto y liberó una sonrisa que pronto se convirtió en una carcajada incontrolable. El cuerpo se le contorneó como a un muñeco cuyo esqueleto fuera un muelle. Tal fueron las convulsiones que Dacris por segunda vez en un mismo día acabó cayendo a plomo para crear a su alrededor un conjunto de círculos concéntricos en el agua que se perdían ordenadamente en la distancia. Esto debe de ser la alegría, pensó.

     
  • David Cierco 15:35 el 28 May 2009 Permalink | Responder
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    La vida de Dacris (2) 

    Cuando se quiso dar cuenta ya se encontraba sentado en un margen del camino. Las piernas entrecruzadas dibujaban un aspa que le cortaba el cuerpo en dos. La mirada pérdida y los ojos a medio abrir. Percibió que le molestaba la luz. Nunca le había pasado antes. Claro que no recordaba la última vez que miraba para ver. Incluso sentía una punzada al final del nervio óptico. Una forma de protesta por una función casi olvidada.

    A pesar de tanta novedad y confusión se iba tranquilizando como una niña acunada en los brazos de su padre. Había conseguido desplazar los hombros dos centímetros atrás y así le cuadraba la figura. Ya giraba la cabeza. Primero a la derecha. Luego un poco hacia arriba. Y ya más tarde hacia la izquierda. Dibujaba así un semicírculo completo. Exhalaba un sonido ronco para terminar con un silbido agudo. Se estaba desperezando.

    Un cosquilleo le invadía el estómago. Las mariposas, sobre las que tuvo conocimiento en algún texto perdido que cayó sobre sus manos, revoloteaban por todos lados. Ese jugueteo ya le dibujaba una nueva expresión en la cara. Se balanceaba entre la incredibilidad y la curiosidad. Una misma fuerza que le levantó casi de un salto y le puso a caminar.

     
  • David Cierco 01:33 el 28 May 2009 Permalink | Responder
    Etiquetas: La vida de Dacris   

    La vida de Dacris (1). 

    El día a día era una rutina que le llevaba a tomar el devenir de las cosas como lo más natural, como inevitable. La realidad sobre su espalda era demasiado pesada y le encorvaba el cuerpo.  Seguía su camino con la mirada clavada al suelo hasta que se olvidaba del destino y se centraba en los pasos. Uno detrás de otro y así sucesivamente, satisfecho porque al menos le recordaban que seguía por aquí.

    Podía dejar escapar una sonrisa que iluminase su cara pero no tanto para que se le notasen los destellos. Era obediente. Entendía que había un orden que seguir, que siempre había sido así. Todo tenía una razón y esa razón era de otro, pero se la habían contado desde pequeño. Se trataba de estar a disposición, de encajar en su lugar y entender que lo normal era que los otros tomasen las decisiones que importaban.

    El cielo ya no era azul, lo habían pintado de negro. De las estrellas ni se acordaba. Las veían en los libros de historia. Seguro que ya las habitaban pero no los de abajo. Para ellos tenían reservado el lugar acordado. Al que se les preparaba durante varios años en los cursos de enseñanza nacional. Ya antes de nacer se había decidido su vida entera. La mía y la tuya. No habría sorpresas ni lugar para la improvisación. Estaba todo bien planificado.

    Y los años habían ido pasando y nadie se había indispuesto.  Hasta que ese día concreto un pequeño tropiezo lo cambiaba todo. Él se tambaleaba de un lado a otro y se salía de la fila. Cuando quiso volver ya era tarde. Su grupo había girado a la derecha y luego a la izquierda y a partir de ese momento ya no les vio más. Por primera vez en tantos años se sentía perdido. Sin la compañía de los cinco que le había acompañado a lo largo de toda su vida.

    No hablaban mucho entre ellos. Y el silencio era el sonido más presente. Pero la voz del líder del grupo, que les indicaba con suavidad la dirección correcta a seguir ya la echaba de menos. Era un podómetro que le marcaba el ritmo de su vida. Como una numeración infinita que empezaba cada día a la misma hora. Un poco después de las seis de la mañana. Tampoco dormían bien porque siempre había actividad alrededor. Pero era el único momento en que se podían escapar a un mundo imaginario. Muy lejos de este.

    Continuará…

     
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